Una relación para pensar juntos
En esta página te explico cómo entiendo el proceso terapéutico y cómo trabajamos conjuntamente paciente y terapeuta.
La terapia no es solo hablar, sino crear juntos un espacio donde pensar lo que duele, ponerle palabras y encontrar nuevas formas de vivirlo. Trabajar juntos significa establecer una relación de confianza y respeto, desde la cual puedas mirarte a ti mismo de otra manera.
Empezamos con un diálogo
Vamos a conversar, a establecer un diálogo. Te haré preguntas; necesito conocerte para saber qué te pasa. Entre los dos iremos aclarando qué te ha traído hasta aquí.
Puede que descubramos que hay más de lo que pensabas, o que lo que hay es diferente. Es normal: nunca antes habías mirado las cosas desde esta perspectiva, una perspectiva que nos incluye a los dos.
Me interesa cómo te sientes
Me interesa lo que te preocupa y cómo te sientes. Trato de ponerme en tu lugar para comprenderte mejor. Muchas veces te hablaré de la necesidad de parar y mirarte a ti mismo: ¿Qué me pasa? ¿Cómo estoy realmente?
No es fácil hablar de lo que sentimos, conectar con lo que llevamos dentro puede dar miedo. Por eso, te acompañaré a tu ritmo, sin prisas, con todo el apoyo que necesites.
La relación como espacio de cambio
La relación terapéutica no es neutral ni distante. Es un encuentro humano donde la confianza, la aceptación y el compromiso emocional tienen un papel central.
Mi forma de trabajar da importancia a ese vínculo, porque es desde esa conexión donde pueden surgir nuevas formas de sentir, comprender y transformar lo que nos hace sufrir.
Vivir con más resiliencia y alegría
La psicoanalista Sandra Buechler habla de la alegría como un antídoto universal frente a las emociones negativas. También intentaremos abrirnos a esa alegría, sabiendo que muchas veces están presentes la tristeza, el miedo, la rabia, el arrepentimiento, la ansiedad, la vergüenza o la culpa.
Buechler define la capacidad para la alegría como la disposición a amar la vida en cualquier circunstancia. Es una idea que me parece muy valiosa y que me hace pensar también en la resiliencia, la capacidad de adaptarnos a la adversidad.
Creo que estos pueden ser objetivos de nuestro trabajo terapéutico: ser más resilientes y vivir con más alegría.
Son objetivos nobles, aunque a veces puedan parecer ambiciosos. Pero cuando iniciamos una tarea como esta, es difícil no hacerlo con las mejores intenciones.
En este camino, no buscamos perfección, sino comprensión y vitalidad.




