Lluc Poy

Psicólogo · Psicoterapeuta en la Vall d’Uixó

¿Pensar demasiado puede ser una forma de no sentir?

Hay personas que piensan mucho. Le dan vueltas a todo: a lo que han dicho, a lo que podrían haber dicho, a lo que quizá pasará, a lo que el otro tal vez quiso decir… Son mentes activas, analíticas, detallistas, pero también a menudo cansadas, llenas de dudas y con la sensación constante de no acabar nunca de encontrar la respuesta que necesitan.

A veces, esta actividad mental interminable es una forma de hacer frente a la angustia. Cuando sentir duele demasiado, o desconcierta demasiado, pensar puede ser una manera de protegerse. El pensamiento funciona entonces como un escudo: nos da sensación de control, de orden, de comprensión. Pero ¿a qué precio?

Pensar demasiado puede convertirse en una forma de no estar con uno mismo. De no sentir la tristeza, el miedo, la rabia o el vacío. De no escuchar al propio cuerpo, que a menudo habla en silencio. De no conectar con el deseo, con las necesidades propias. De no reconocer la incertidumbre, la vulnerabilidad o la dependencia del otro.

En psicoterapia observamos a menudo que, detrás de ciertas formas de pensar obsesivamente, hay emociones difíciles de reconocer y sostener. Y es importante decir que eso no es un error ni un defecto: es una defensa. Una manera que la persona ha desarrollado, quizá desde hace mucho tiempo, para protegerse de vivencias emocionales difíciles de gestionar.

El trabajo terapéutico no busca eliminar el pensamiento ni juzgarlo, sino acompañar a la persona para que pueda sentirse un poco más segura y empezar a escuchar lo que hay más allá de ese ruido mental. Es un camino lento, pero necesario, para reconectar con uno mismo, con el cuerpo, con el otro, con la vida.

Pensar no es el problema. El problema es cuando pensar demasiado nos desconecta de sentir.