Muchas personas tienen la sensación de pasar los días como si fueran en piloto automático. Te levantas, miras el móvil, corres al trabajo, vuelves a casa y, cuando llega la noche, cuesta recordar qué has vivido de verdad. Todo va acelerado, pero a la vez vacío.
El sociólogo alemán Hartmut Rosa describe este fenómeno como resultado de la sociedad de la aceleración. La tecnología, el trabajo y la información avanzan cada vez más rápido, arrastrándonos a una carrera sin fin. Sin embargo, tanta actividad no nos hace sentir más vivos, sino más alejados de nosotros mismos y de los demás. Rosa llama a este efecto alienación: cuando el mundo deja de hablarnos y se vuelve mudo.
Como alternativa, propone la idea de la resonancia: esos momentos en los que percibimos reciprocidad entre nosotros y el mundo. Puede suceder en una conversación auténtica, contemplando un paisaje, escuchando música o cuidando de alguien. No se trata de controlarlo todo, sino de dejarse afectar y responder.
Desde la psicología, Peter Fonagy aborda un problema muy similar con el concepto de mentalización: la capacidad de comprender lo que pensamos y sentimos, y de reconocer que los demás también tienen una vida interior. Cuando la presión es demasiado grande o hay trauma, esta capacidad falla y entramos en modos automáticos: actuamos sin reflexionar, solo reaccionamos. Es otra manera de describir el piloto automático. Cuando la mentalización funciona, en cambio, recuperamos la posibilidad de una respuesta viva y flexible, muy cercana a lo que Rosa entiende como resonancia.
En el campo del psicoanálisis relacional, Jessica Benjamin pone el acento en el reconocimiento mutuo: la necesidad de ser vistos como sujetos y, al mismo tiempo, reconocer al otro en su alteridad. Cuando esto ocurre, se abre un espacio compartido, la “tercera analítica”, que es fuente de creatividad y transformación. Es fácil ver cómo este reconocimiento mutuo es una forma de resonancia relacional y, a la vez, una condición para que la mentalización sea posible.
De este modo, Rosa, Fonagy y Benjamin, cada uno desde su ámbito, coinciden en un mismo núcleo: la importancia de relaciones vivas y recíprocas que rompan el círculo de la alienación y del funcionamiento automático. El malestar que vemos en consulta no es solo una cuestión individual, sino también un reflejo de una sociedad acelerada y de vínculos a menudo empobrecidos.
La psicoterapia relacional puede ser un lugar privilegiado para recuperar esta experiencia de conexión. En la relación con el terapeuta, es posible experimentar la sensación de ser reconocido, escuchado y correspondido. Y esto puede abrir la puerta a encontrar, también fuera de la consulta, momentos de resonancia: en la naturaleza, en el arte, en conversaciones profundas, en comunidades que sostienen.
En definitiva, el reto es pasar del piloto automático a una vida en la que el mundo y los demás vuelvan a hablarnos, y podamos responder con autenticidad.




