Un nombre que vuelve del pasado
En el siglo pasado, la mal llamada “Gripe Española” dejó huella como los años de la pandemia. Todo indica que, en el futuro, usaremos la misma expresión para hablar de este tiempo. Las expectativas no son alentadoras: cuando superemos la crisis sanitaria, nos quedará afrontar la crisis social y económica.
La fragilidad de lo cotidiano
El nuevo coronavirus nos ha mostrado lo frágiles que son muchas cosas que dábamos por seguras: quedar con amigos, ir a bares, restaurantes o conciertos, viajar, comprar en una tienda física… De un día para otro, gran parte de las actividades con las que llenábamos nuestra vida desaparecieron o quedaron restringidas.
Vivir en la incertidumbre
No sabemos si se encontrará un tratamiento definitivo para la COVID-19, si la vacuna la erradicará, si surgirán nuevas variantes o incluso otros virus. Vivimos condicionados: con miedo al contagio y al confinamiento, ya sea por un aislamiento general o por ser contacto estrecho. Las posibilidades parecen infinitas, y todo esto nos afecta emocionalmente.
Certezas que se desmoronan
Tal vez pensábamos que éramos invulnerables, seguros en nuestras sociedades “avanzadas”. Sin embargo, el siglo XXI nos ha ido quitando seguridades: el atentado de las Torres Gemelas y la amenaza terrorista, la crisis financiera de 2008, y ahora la pandemia de 2020. Puede que, a partir de aquí, empecemos a tomarnos más en serio las advertencias sobre el cambio climático.
Lo que podemos aprender
Ojalá aprendamos que necesitamos cuidarnos, cuidar el planeta con medidas reales de sostenibilidad, pero sobre todo cuidarnos entre nosotros:
- Cuidar a los niños para que crezcan sanos.
- Cuidar la comunidad.
- Cooperar y ser solidarios.
El cambio empieza dentro
Cuando queremos que algo cambie, el primer paso es mirarnos a nosotros mismos y reconocer cómo nos sentimos. Escuchar nuestras emociones nos ayuda a identificar lo que realmente necesitamos. No lo que creemos que “debemos” hacer, sino aquello que de verdad nos hará sentir mejor.




