Lluc Poy

Psicólogo · Psicoterapeuta en La Vall d’Uixó

Una mujer mira a otra persona durante una conversación junto a una ventana.

¿Por qué necesito que los demás me digan que lo hago bien?

Terminas un trabajo al que has dedicado mucho tiempo y esperas una respuesta. Quizá no buscas una felicitación entusiasta; bastaría con saber que la otra persona lo ha visto. Pero pasan las horas y no dice nada. Empiezas a preguntarte si habrá quedado mal, si esperaba algo diferente o si, en realidad, aquello que para ti era importante no tenía tanto valor.

En otra ocasión sí recibes un comentario positivo. Te alegra, te tranquiliza. Sin embargo, esa sensación dura poco. Ante la siguiente tarea, vuelve la duda: ¿Lo estaré haciendo bien?

A todos nos importa, en alguna medida, lo que los demás piensan de nosotros. Necesitamos sentirnos vistos, escuchados y valorados por las personas que nos importan. No hay nada extraño ni vergonzoso en ello. La pregunta quizá no sea por qué buscamos reconocimiento, sino qué ocurre cuando una respuesta ajena acaba decidiendo, casi por completo, cómo nos sentimos con nosotros mismos.

Cuando una respuesta pesa demasiado

No todas las opiniones tienen el mismo efecto. Una observación de alguien a quien apenas conocemos puede dejarnos indiferentes, mientras que el silencio de nuestra pareja, una crítica de un familiar o un gesto de desaprobación en el trabajo pueden acompañarnos durante días.

A veces, lo que duele parece desproporcionado en relación con lo ocurrido. Alguien hace una sugerencia sobre algo que hemos preparado y escuchamos mucho más que eso: «No es suficiente». La otra persona está distraída y sentimos: «No le importo». No nos eligen para un proyecto y aparece una conclusión más amplia: «Nunca doy la talla».

Estas interpretaciones no surgen necesariamente de una decisión consciente. Pueden aparecer con tal rapidez que apenas distinguimos lo que ha pasado de lo que hemos sentido que significaba. Por eso, cuando nos preguntamos si tenemos «baja autoestima», puede ser útil detenernos en escenas concretas. ¿Qué comentario nos hundió? ¿De quién necesitábamos una respuesta? ¿Qué pensamos de nosotros mismos al no recibirla?

Como explicaba en «Reforzar la autoestima», la manera de valorarnos no aparece de la nada: se va formando a lo largo de nuestra historia y de nuestras relaciones. Pero conocer esa idea no siempre basta para comprender por qué hoy nos afecta tanto una mirada determinada. Hay que acercarse a lo que sucede en cada caso.

Ser reconocido no es lo mismo que recibir elogios

Cuando hablamos de necesitar aprobación, podemos imaginar a alguien que busca que le digan continuamente que todo lo hace bien. Sin embargo, muchas veces la necesidad es más profunda. Queremos sentir que aquello que vivimos tiene sentido para otra persona; que puede entender por qué algo nos ilusiona, nos duele o nos cuesta.

Un «bien hecho» puede resultar agradable y, al mismo tiempo, dejarnos con la sensación de que no nos han comprendido. Tal vez hemos hecho un esfuerzo enorme para atrevernos a decir que no, y quien nos escucha solo se fija en que hemos creado un conflicto. O conseguimos algo que parecía imposible para nosotros y recibimos un «ves, no era para tanto».

No siempre necesitamos admiración. A veces necesitamos que alguien reconozca lo que ha significado para nosotros dar ese paso.

También puede ocurrir lo contrario: que recibamos afecto y reconocimiento, pero nos cueste creerlos. Descartamos un elogio porque pensamos que la otra persona lo dice por compromiso; damos por hecho que no conoce nuestros defectos; recordamos con precisión una crítica y apenas retenemos las palabras amables. En esos momentos, pedir más confirmaciones puede calmarnos un rato, aunque la duda vuelva después.

¿De quién esperamos esa mirada?

Quizá una de las preguntas más interesantes no sea cuánto reconocimiento necesitamos, sino de quién lo esperamos. Hay personas cuya opinión tiene un lugar especial en nuestra vida. A veces lo sabemos; otras, nos sorprende descubrir cuánto poder conserva sobre nosotros una respuesta suya.

Esto no significa que tengamos que dejar de dar importancia a los vínculos o aprender a que todo nos dé igual. Las relaciones nos afectan, y es natural que así sea. Pero podemos empezar a observar cuándo la falta de reconocimiento se convierte en una certeza dolorosa sobre nuestro valor.

Tal vez, detrás de «necesito que me diga que lo he hecho bien», hay otras preguntas: «¿Le importo?», «¿Puede verme tal como soy?», «¿Seguirá estando cerca si me equivoco?». No serán las mismas para todo el mundo. Tampoco se responden obligándonos a pensar en positivo.

Puede que el comienzo consista en reparar en esos momentos en los que una respuesta externa cambia de golpe la forma en que nos miramos. Preguntarnos qué esperábamos recibir, qué hemos interpretado cuando no llegó y si existe alguna otra manera de entender lo ocurrido. No para convencernos de que la opinión de los demás no importa, sino para comprender mejor por qué, a veces, llega a importar tanto.